TuMicrocuentista
Tratando de alimentar mi "yo" lírico en forma de letras
miércoles, 18 de mayo de 2016
Cuidando de las semillas
Perdonen mi inactividad durante estos meses. Todo aquel que escriba debe tener un objetivo, una inspiración, debe ansiar algo; yo, por suerte o por desgracia durante estos felices meses, debo decir que sí, he tenido momentos, lugares dónde poder perderme escribiendo pero siempre me faltaba ese objetivo, esa motivación. Quizás por el mero hecho de sentir que lo tengo todo en mis manos, que todo lo que anhelo lo poseo, que jamás se escapará y, lo peor, que jamás cambiará. Echar de menos. No echamos de menos personas, ni lugares ni momentos. Echamos de menos las sensaciones que éstos nos producen, los sentimientos que afloran dentro de nosotros. Y como toda flor bien hermosa, dichos sentimientos hay que cuidarlos, regarlos cada día e iluminarlos para que sobrevivan. Las flores, agradecidas, nos devuelven nuestros cuidados con enormes muestras de afecto y sorprendentes paisajes pero en el momento, en el mísero instante que las descuidemos, su naturaleza provoca cambios. Cambios que les afectan a ellas mismas y que repercuten en nosotros. La reflexión que quiero hacer es la siguiente: por muy bella que parezca esa flor, por muy agradecida que esté por nuestros cuidados y por mucho amor que nos atorgue, nunca debemos de descuidarla lo más mínimo. Recuerden, los pétalos son demasiado frágiles y posiblemente un tanto traicioneros si deben de predecir nuestro futuro.
domingo, 29 de noviembre de 2015
El placer de extrañar
Otra vez más. Otra jodida vez más. Y tan jodida, cada vez más y más jodida. Aquí estoy, detrás de una gran ventana de cristal, esperando a qué te marches. Ni 24 horas han pasado desde que nos hemos encontrado, ni tan siquiera 20. ¿Por qué cada domingo igual?, ¿por qué razón tienes que partir?, ¿por qué esa mirada triste y angustiada?, ¿por qué lo que queda de fin de semana se hace eterno? Joder. Desesperación, rabia y tristeza se apoderan de mi; incapaz de no caer en la confusión. Otro tren que pasa, y con él, se larga un pedazo de mi.
El tiempo es traicionero y las ganas le siguen ganando la batalla. Sí, definitivamente sí, me preocupa que algún día el resultado de sumar las dos incógnitas dé negativo. Imposible describir qué sentimientos florecerían en mi.
No puedo, no me veo con ninguna fuerza para afrontar la nueva semana. Supongo que es lo que ocurre cuándo quién te da las ganas de todo, quién te quita tus miedos, quién deposita toda su confianza en ti y quién no deja de sacarte sonrisas haciendo que veas la vida de otra manera, en definitiva, quién te da la pura felicidad, no está a tu lado.
Hacer mil y una tonterías al día, enfadarnos, reírnos, besarnos, acurrucarnos toda la noche juntos, despertarnos con algo más que un 'buenos días'... Vivir.
Sé que durante una semana no lo voy a hacer. Tú te has ido, te lo has llevado todo. Mi cara sigue allí, en ese andén, observando melancólico cómo te alejas.
Hay que seguir. Mis sentimientos hacia ti son mayores que el pesar que me invade, y mi única motivación para continuar eres simplemente tú. No valdría la pena sufrir por alguien que sabemos que no va a durar en nuestra vida; pero tú, tú lo mereces, tú lo has conseguido. Y me alegro de tener que sufrir por ti, de que la espera para verte sea lo más larga posible, de que tu tren parta una y otra y otra vez delante de mis narices y que eches de menos de mi todo lo que echo de menos yo de ti.
Es inevitable fijarse en los demás, aquellos que se ven día sí y día también, ¿y sabes? estoy completamente seguro que ninguno de ellos se besa, se extraña, se valora, sueña y se ama de la forma en que la hacemos nosotros. Así, me siento el más afortunado del mundo. Te quiero.
Guillem Dolz
lunes, 19 de octubre de 2015
La lección diaria
Ese momento en la profunda noche, tumbado en la cama, con los ojos entreabiertos pero sin observar nada, satisfecho, repasando todo lo que haces, aquello que dejas de hacer y todo lo que harás. Ese instante en qué se detiene tu mundo, el tiempo. Y tú, allí estás, como si pudieras disipar algo en mitad de la oscuridad, miras de reojo a tu lado de la almohada pensando que algo no marcha correctamente allí, mirando al techo de tu habitación, tan fría, tan sola, pensando, intentando agrupar todos tus sentimientos, tratando de convertir tus singulares en plurales, tus condicionales en futuros, tus subjuntivos en indicativos. Todos tus pensamientos se alinean frente a ti, pasan a la cabeza de quién debería estar allí.
Siempre con tu duda. La inevitable duda del cobarde, del indeciso, del que conoce mucho sin saber nada, del que no puede creer que le esté volviendo a pasar... ¿Otra vez? No. Más fuerte, más sincero, más real, más comprendido. Más todo. Cuándo pensaba que lo había vivido todo... ¿O no? Jamás lo sabré. Tiene que llegar ella para mostrarme aún más cosas. ¿Más? Sí, joder, más. No lo es todo; las que ya conocía me las muestra más intensas, más cercanas, más palpables. Quizás no era tanto lo que conocía. ¿Por qué dicen que es tan difícil? Me lo enseña, me lo expone con todo tipo de detalle. La lección magistral que no se puede explicar tan sólo un día; hay que hacerlo todos y cada uno de ellos para que siga creyendo en ella. No le importa y le atiendo cómo si fuera el primero, cómo si lo desconociera todo, pero es que es diferente, aunque cada día sea la misma lección la que me enseña, todo es distinto si lo hace ella.
Pero llega mi turno; su explicación me ha llegado hondo, me la he creído. ¿Podré ser capaz de calarle tan profundo cómo ella lo ha hecho conmigo? No tengo que pensar nada. Me ha mostrado mucho, incluso demasiado. Me ha puesto las cosas tan sencillas que tan sólo tengo que regirme por sus pasos, por sus explicaciones. No tener miedo, ser yo mismo y actuar conforme lo sienta. No me supone ningún esfuerzo hacerlo.
Gracias a mi ella es quién es. Gracias a ella soy quién soy. Siempre necesitamos a alguien que nos recuerde quienes somos pero sobretodo que nos enseñe a serlo. Tú, yo, nosotros.
Guillem Dolz
domingo, 27 de septiembre de 2015
Cuándo ser débiles nos hace fuertes
¿No creéis que todos tenemos a esa persona con la que actuamos realmente tal y como somos? ¿Con la que no nos da miedo decir lo que pensamos o hacer lo que sintamos en ese preciso instante tan solo por su mera presencia?
No hay mejor sensación que encontrarte a ti mismo y sentir en todo momento que estás siendo tal y como eres; pero hay que pagar un precio muy alto para conseguirlo.
Sólo podremos ser capaces de mostrarnos en nuestro máximo esplendor, si los demás pueden vernos desde fuera, por dentro y a través de nosotros. Quedamos a la luz de todos a quienes nos exponemos y éstos tendrán conocimiento de nuestros más profundos temores y serán conscientes de nuestras mayores debilidades. Es por eso que debemos ser muy cautos, pues cualquiera podría provocarnos el más irreparable de los daños si confiamos demasiado pronto o hacemos una errónea elección.
Y qué fácil es decirlo, eh? Ay el amor... Tan difícil y a la vez tan sencillo, tan peligroso y a la vez tan hermoso, tan nombrado pero sobretodo tan irrepetible.
Es a la persona que tenemos a nuestro lado, a la que le hemos reservado y entregado nuestro corazón, la que tiene el poder de decidir qué hacer con él. Sabrá lo que habrá dentro, lo analizará detalladamente, lo conocerá perfectamente y encontrará todas nuestras virtudes, todos nuestros sentimientos pero también cada una de nuestras heridas. Por lo tanto, aunque esa persona tenga la potestad de reabrir esas heridas, de hacer unas nuevas o incluso de dañar el mismo corazón de una forma más violenta, confiamos en ella, se lo entregamos.
'Qué ganas de sufrir a lo tonto', dirán algunos. 'Yo no me la jugaría', dirán otros.
Ay señor, cuánto miedo... Para poseer las mejores cosas, cuánto mayor es el riesgo, mayor es la recompensa.
¿Jamás habéis estado corriendo y solamente con pensar con esa persona, te vuelve a llegar el aire al cerebro y a cada uno de tus músculos y te anima a seguir un poco más? ¿No habéis soñado nunca con esa persona que aunque te despiertes un lunes de una semana de exámenes a las siete de la mañana, te anima a afrontar el día con más ganas que nunca? ¿Y qué me decís de aquellas noches durmiendo los dos en vuestra cama, dónde dormidos os besabais intuitivamente y os susurrabais 'te quieros' entre las sábanas?
Todas estas sensaciones y respuestas involuntarias, sólo las podremos apreciar siendo débiles, entregando aquello que nos pertenece, que más valoramos y lo más frágil que tenemos a alguien que haga exactamente lo mismo con nosotros.
Porque a partir de ser débiles, podremos sentir las mejores cosas que existen. Y es eso lo que nos hace más fuertes.
Guillem Dolz
No hay mejor sensación que encontrarte a ti mismo y sentir en todo momento que estás siendo tal y como eres; pero hay que pagar un precio muy alto para conseguirlo.
Sólo podremos ser capaces de mostrarnos en nuestro máximo esplendor, si los demás pueden vernos desde fuera, por dentro y a través de nosotros. Quedamos a la luz de todos a quienes nos exponemos y éstos tendrán conocimiento de nuestros más profundos temores y serán conscientes de nuestras mayores debilidades. Es por eso que debemos ser muy cautos, pues cualquiera podría provocarnos el más irreparable de los daños si confiamos demasiado pronto o hacemos una errónea elección.
Y qué fácil es decirlo, eh? Ay el amor... Tan difícil y a la vez tan sencillo, tan peligroso y a la vez tan hermoso, tan nombrado pero sobretodo tan irrepetible.
Es a la persona que tenemos a nuestro lado, a la que le hemos reservado y entregado nuestro corazón, la que tiene el poder de decidir qué hacer con él. Sabrá lo que habrá dentro, lo analizará detalladamente, lo conocerá perfectamente y encontrará todas nuestras virtudes, todos nuestros sentimientos pero también cada una de nuestras heridas. Por lo tanto, aunque esa persona tenga la potestad de reabrir esas heridas, de hacer unas nuevas o incluso de dañar el mismo corazón de una forma más violenta, confiamos en ella, se lo entregamos.
'Qué ganas de sufrir a lo tonto', dirán algunos. 'Yo no me la jugaría', dirán otros.
Ay señor, cuánto miedo... Para poseer las mejores cosas, cuánto mayor es el riesgo, mayor es la recompensa.
¿Jamás habéis estado corriendo y solamente con pensar con esa persona, te vuelve a llegar el aire al cerebro y a cada uno de tus músculos y te anima a seguir un poco más? ¿No habéis soñado nunca con esa persona que aunque te despiertes un lunes de una semana de exámenes a las siete de la mañana, te anima a afrontar el día con más ganas que nunca? ¿Y qué me decís de aquellas noches durmiendo los dos en vuestra cama, dónde dormidos os besabais intuitivamente y os susurrabais 'te quieros' entre las sábanas?
Todas estas sensaciones y respuestas involuntarias, sólo las podremos apreciar siendo débiles, entregando aquello que nos pertenece, que más valoramos y lo más frágil que tenemos a alguien que haga exactamente lo mismo con nosotros.
Porque a partir de ser débiles, podremos sentir las mejores cosas que existen. Y es eso lo que nos hace más fuertes.
Guillem Dolz
martes, 22 de septiembre de 2015
Querer es compartir
Con la llegada de aquellas personas que pasan a ser parte de tu vida, que aún sin creerlo, se convierten en uno de los pilares fundamentales por todo lo que aportan en ella, sentimos la necesidad de hacerles vivir todo lo que vemos, todo lo que escuchamos y sobretodo, todo lo que sentimos; de ponerles en un mismo instante en nuestro cuerpo y que admiren todo aquello que admiramos.
No hay nada parecido a escuchar una canción por la radio mientras conduces, quedarte con un par de frases, llegar a casa dándole vueltas a esas frases memorizadas y buscarlas en tu ordenador con el fin de encontrar la canción para que después la escuche esa persona. Esa persona la escuchara o no, le gustara o no, pero ansiamos saber qué sentirá en el momento en qué la escuche; porqué nosotros ya sabemos que es lo que sentimos nosotros mismos cuándo lo hacemos, queremos saber cómo reaccionarían.
Lo mismo pasa cuando ves aquella película por primera vez. Sí, aquella película que acabas de ver y te mueres por volverla a ver ahora mismo, ya, en este instante, pero en otro ambiente, otro lugar y sobretodo con la persona con la que has estado pensando, imaginándotela a tu lado, mientras la veías anteriormente.
¿Y que me decís de aquel paisaje encima de una montaña dónde se ven esas espléndidas vistas del mar, su horizonte y toda la costa que descubriste por casualidad mientras hacías una ruta en bici?
Te planteas si ella será capaz de ver con los mismos ojos que tu ves aquello, si éstos brillaran como los tuyos fruto del reflejo del sol o si se iluminaran debido a la luz de la luna. Ansiamos comprobarlo. Y lo hacemos.
Y es que no se si os lo he contado alguna vez, pero no hay mayor placer que esa persona un tanto, por no decir bastante, por no decir muy especial, halle la belleza dónde tu la hallas, que lo que sienta coincida con lo que tu has sentido y que encuentre la felicidad en todo lo que le muestras, en ti. Y es que a veces, eso de compartir es algo recíproco; porqué tu felicidad es simplemente ella.
Guillem Dolz
domingo, 13 de septiembre de 2015
Una noche de verano (II)
Era una calurosa noche de la primera semana de agosto cuándo a un amigo y a mi, nos dio por ir de fiesta dónde sabíamos que nuestro grupo de amigos salía esa noche. No tenía planeado salir, ni tan siquiera beber; pero es cuándo se va de "tranquis", cuándo la noche acaba diferente a cómo la habías planeado. Pero eso es otra historia, pronto os la contaré.
La cuestión es que cogimos el coche para ir a uno de aquellos pueblos dónde no sabes por qué, pero siempre son fiestas y dónde la gente va arrastrándose por los suelos fruto de los efectos del alcohol y demás. No habíamos anunciado nuestra asistencia a los nuestros, pues así les provocaríamos una grata sorpresa. Mientras íbamos de camino, cientos de cosas deambulaban por mi cabeza; sabía perfectamente que no recorría unos cuarenta y cinco minutos en coche tan sólo por ir de fiesta, pensaba confundido en cómo ella reaccionaría después de lo ocurrido la semana anterior y a la vez preocupado de estar a la altura de sus posibles reacciones. Me gustaba, me encantaba, para nada del mundo quería que los hechos de la anterior semana se quedaran ahí, aislados, cómo si nada.
Descendimos del coche, de camino hacía dónde estaban todos, las manos sudando, la boca seca, la saliva espesa y un mal estar general se apoderaba de mi fruto de los nervios -siento los mismos síntomas aún relatándolo- y consciente de todo lo que me jugaba. Y todo era todo. Todo era ella.
Mientras nos acercábamos, la frecuencia cardíaca aumentaba, la tensión se expandía dentro de mi, y los primeros conocidos se percataron sorprendidos de nuestra presencia mientras llegábamos hacia ellos. Entonces, a veinte metros de mi y detrás de un muro de aproximadamente un metro y medio, observo una cara de sorpresa más que conocida en medio de todos, la misma que había estado a milímetros hace pocos días, estirando más el cuello si cabía por encima de aquella pared para creerse lo que estaba viendo y afirmando mi presencia con la más complaciente de las sonrisas.
No me separé de ella en media hora, quizás fue una, o dos; el tiempo pasaba más rápido de lo que parecía. Hablando al principio de los demás para romper el hielo, diez minutos después ya hablábamos de ella, de mi, de nosotros. Todos los nervios sufridos anteriormente se esfumaron sólo con su presencia, me invadían otras cosas estando con ella, nada de nervios. Y la primera, unas terribles ganas de besarle. Aprovechamos la mínima excusa para escabullirnos y fue un alivio comprobar que, las mismas ganas que yo le tenía a ella, ella me las tenía a mi. ¿Acaso hay algo mejor sentir lo mismo que siente el otro?
Los primeros besos marcados por la pasión se convirtieron en deseo con el paso de los minutos. El tiempo sin vernos más la situación de mantener lo nuestro en secreto debido a terceras personas, aumentaba nuestra tensión y nuestras ganas de ser uno. Y a la vez todo.
Un poco imprudente pero hechizado por su presencia, deje que ella, después de haber bebido un poco por encima del límite de poder conducir, llevara mi coche hacia un lugar más apartado de la oscura noche. Me encantaba verla tan insegura conduciendo, tan preocupada por si le hacía algún daño a mi coche; ignoraba que a mi, en ese momento, no me importaba ni el coche, ni el lugar, ni absolutamente nada que no fuese ella.
Nos detuvimos a unos pocos quilómetros fuera del pueblo y tras acomodarnos en los asientos traseros de mi pequeño Ford rojo, empezamos nuestra particular lluvia de besos y caricias que desembarcarían en una preciosa tempestad de placer. Y es que aquel momento, tan irrepetible, tan esperado, tan insignificante y a la vez importante, tan perfecto; era nuestro momento, solamente nuestro. Los cristales del coche se empañaron a causa del cambio de temperatura existente dentro del automóvil recordándonos aquella escena de Titánic dónde Leonardo di Caprio y Kate Winslet se daban todo su amor dentro de un Rolls-Royce negro de los años 90 con los cristales visiblemente empañados.
Pensaba que la noche no podía acabar mejor cuándo me di cuenta de que, unas horas más tarde, la tenía tumbada en mi cama, durmiendo entre mis brazos y es que ahí supe que no dejaría que estuviera en ningún otro lugar que no fuera a mi lado. No había momento equiparable a otro, siempre que fuese con ella.
Ella y yo, yo y ella. En una de nuestras noches de verano.
Guillem Dolz
La cuestión es que cogimos el coche para ir a uno de aquellos pueblos dónde no sabes por qué, pero siempre son fiestas y dónde la gente va arrastrándose por los suelos fruto de los efectos del alcohol y demás. No habíamos anunciado nuestra asistencia a los nuestros, pues así les provocaríamos una grata sorpresa. Mientras íbamos de camino, cientos de cosas deambulaban por mi cabeza; sabía perfectamente que no recorría unos cuarenta y cinco minutos en coche tan sólo por ir de fiesta, pensaba confundido en cómo ella reaccionaría después de lo ocurrido la semana anterior y a la vez preocupado de estar a la altura de sus posibles reacciones. Me gustaba, me encantaba, para nada del mundo quería que los hechos de la anterior semana se quedaran ahí, aislados, cómo si nada.
Descendimos del coche, de camino hacía dónde estaban todos, las manos sudando, la boca seca, la saliva espesa y un mal estar general se apoderaba de mi fruto de los nervios -siento los mismos síntomas aún relatándolo- y consciente de todo lo que me jugaba. Y todo era todo. Todo era ella.
Mientras nos acercábamos, la frecuencia cardíaca aumentaba, la tensión se expandía dentro de mi, y los primeros conocidos se percataron sorprendidos de nuestra presencia mientras llegábamos hacia ellos. Entonces, a veinte metros de mi y detrás de un muro de aproximadamente un metro y medio, observo una cara de sorpresa más que conocida en medio de todos, la misma que había estado a milímetros hace pocos días, estirando más el cuello si cabía por encima de aquella pared para creerse lo que estaba viendo y afirmando mi presencia con la más complaciente de las sonrisas.
No me separé de ella en media hora, quizás fue una, o dos; el tiempo pasaba más rápido de lo que parecía. Hablando al principio de los demás para romper el hielo, diez minutos después ya hablábamos de ella, de mi, de nosotros. Todos los nervios sufridos anteriormente se esfumaron sólo con su presencia, me invadían otras cosas estando con ella, nada de nervios. Y la primera, unas terribles ganas de besarle. Aprovechamos la mínima excusa para escabullirnos y fue un alivio comprobar que, las mismas ganas que yo le tenía a ella, ella me las tenía a mi. ¿Acaso hay algo mejor sentir lo mismo que siente el otro?
Los primeros besos marcados por la pasión se convirtieron en deseo con el paso de los minutos. El tiempo sin vernos más la situación de mantener lo nuestro en secreto debido a terceras personas, aumentaba nuestra tensión y nuestras ganas de ser uno. Y a la vez todo.
Un poco imprudente pero hechizado por su presencia, deje que ella, después de haber bebido un poco por encima del límite de poder conducir, llevara mi coche hacia un lugar más apartado de la oscura noche. Me encantaba verla tan insegura conduciendo, tan preocupada por si le hacía algún daño a mi coche; ignoraba que a mi, en ese momento, no me importaba ni el coche, ni el lugar, ni absolutamente nada que no fuese ella.
Nos detuvimos a unos pocos quilómetros fuera del pueblo y tras acomodarnos en los asientos traseros de mi pequeño Ford rojo, empezamos nuestra particular lluvia de besos y caricias que desembarcarían en una preciosa tempestad de placer. Y es que aquel momento, tan irrepetible, tan esperado, tan insignificante y a la vez importante, tan perfecto; era nuestro momento, solamente nuestro. Los cristales del coche se empañaron a causa del cambio de temperatura existente dentro del automóvil recordándonos aquella escena de Titánic dónde Leonardo di Caprio y Kate Winslet se daban todo su amor dentro de un Rolls-Royce negro de los años 90 con los cristales visiblemente empañados.
Pensaba que la noche no podía acabar mejor cuándo me di cuenta de que, unas horas más tarde, la tenía tumbada en mi cama, durmiendo entre mis brazos y es que ahí supe que no dejaría que estuviera en ningún otro lugar que no fuera a mi lado. No había momento equiparable a otro, siempre que fuese con ella.
Ella y yo, yo y ella. En una de nuestras noches de verano.
Guillem Dolz
jueves, 10 de septiembre de 2015
Una noche de verano
Siempre la misma persona, jamás la misma escena.
Bien entrada la madrugada de una de esas noches veraniegas que salimos por algún pueblo de los alrededores dónde son fiestas, ya sean religiosas o no, siguen siendo fiestas. Estoy con una veintena de amigos bastante afectados por los efectos del alcohol y te das cuenta de que no has ido hasta allí ni por emborracharte, ni por aguantar bailando hasta que amanezca, ni tan siquiera por ver a la mayoría de tus conocidos allí presentes. Sin embargo esa chica, esa chica que no te ha dirigido palabra en toda la noche, la misma que con la mirada clavada en ti lo dice todo y su sonrisa mientras te observa lo corrobora, hace que tu pregunta de ¿Por qué cojones estoy aquí?, se convierta en ¿Por quién cojones estoy aquí?. Sí. Por ella. Claramente.
Mientras me encuentro en medio de una multitud, suena una de las canciones más bailadas del verano. La gente enloquece, se vuelve completamente loca. En ese preciso instante, todo y absolutamente todo se ralentiza; sus ojos verdes clavados en los míos, su sonrisa imaginándomela junto a la mía. En un abrir y cerrar de ojos, nos cogemos de la mano y nos alejamos de toda la muchedumbre. Nos vamos lentamente del lugar, sin importar quién nos vea pero con unas terribles ansias de quedarnos solos, ella y yo. Terminamos en la playa, en una noche más que oscura y dónde podíamos divisar miles y miles de estrellas en el cielo. Ella se aposenta encima de mis piernas, su largo pelo dorado oculta mi cabeza, su perfume... perfecto, se impregna en mi ropa, en mi cuello. Mejilla contra mejilla nos quedamos allí, frente a una agradable brisa del mar que junto con su fragancia forman un aroma más que perfecto, observando el cielo, intentando divisar estrellas fugaces, ilusionados con pedir un deseo.
Me encantaba verla con la cabeza levantada, como una niña pequeña que va a ver su primer castillo de fuegos artificiales e intenta no perderse nada.
Y es que yo, no necesitaba mirar el cielo; la estrella más bonita la tenía a mi lado y mis deseos ya se estaban cumpliendo. En una de nuestras noches de verano.
Guillem Dolz
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