Era una calurosa noche de la primera semana de agosto cuándo a un amigo y a mi, nos dio por ir de fiesta dónde sabíamos que nuestro grupo de amigos salía esa noche. No tenía planeado salir, ni tan siquiera beber; pero es cuándo se va de "tranquis", cuándo la noche acaba diferente a cómo la habías planeado. Pero eso es otra historia, pronto os la contaré.
La cuestión es que cogimos el coche para ir a uno de aquellos pueblos dónde no sabes por qué, pero siempre son fiestas y dónde la gente va arrastrándose por los suelos fruto de los efectos del alcohol y demás. No habíamos anunciado nuestra asistencia a los nuestros, pues así les provocaríamos una grata sorpresa. Mientras íbamos de camino, cientos de cosas deambulaban por mi cabeza; sabía perfectamente que no recorría unos cuarenta y cinco minutos en coche tan sólo por ir de fiesta, pensaba confundido en cómo ella reaccionaría después de lo ocurrido la semana anterior y a la vez preocupado de estar a la altura de sus posibles reacciones. Me gustaba, me encantaba, para nada del mundo quería que los hechos de la anterior semana se quedaran ahí, aislados, cómo si nada.
Descendimos del coche, de camino hacía dónde estaban todos, las manos sudando, la boca seca, la saliva espesa y un mal estar general se apoderaba de mi fruto de los nervios -siento los mismos síntomas aún relatándolo- y consciente de todo lo que me jugaba. Y todo era todo. Todo era ella.
Mientras nos acercábamos, la frecuencia cardíaca aumentaba, la tensión se expandía dentro de mi, y los primeros conocidos se percataron sorprendidos de nuestra presencia mientras llegábamos hacia ellos. Entonces, a veinte metros de mi y detrás de un muro de aproximadamente un metro y medio, observo una cara de sorpresa más que conocida en medio de todos, la misma que había estado a milímetros hace pocos días, estirando más el cuello si cabía por encima de aquella pared para creerse lo que estaba viendo y afirmando mi presencia con la más complaciente de las sonrisas.
No me separé de ella en media hora, quizás fue una, o dos; el tiempo pasaba más rápido de lo que parecía. Hablando al principio de los demás para romper el hielo, diez minutos después ya hablábamos de ella, de mi, de nosotros. Todos los nervios sufridos anteriormente se esfumaron sólo con su presencia, me invadían otras cosas estando con ella, nada de nervios. Y la primera, unas terribles ganas de besarle. Aprovechamos la mínima excusa para escabullirnos y fue un alivio comprobar que, las mismas ganas que yo le tenía a ella, ella me las tenía a mi. ¿Acaso hay algo mejor sentir lo mismo que siente el otro?
Los primeros besos marcados por la pasión se convirtieron en deseo con el paso de los minutos. El tiempo sin vernos más la situación de mantener lo nuestro en secreto debido a terceras personas, aumentaba nuestra tensión y nuestras ganas de ser uno. Y a la vez todo.
Un poco imprudente pero hechizado por su presencia, deje que ella, después de haber bebido un poco por encima del límite de poder conducir, llevara mi coche hacia un lugar más apartado de la oscura noche. Me encantaba verla tan insegura conduciendo, tan preocupada por si le hacía algún daño a mi coche; ignoraba que a mi, en ese momento, no me importaba ni el coche, ni el lugar, ni absolutamente nada que no fuese ella.
Nos detuvimos a unos pocos quilómetros fuera del pueblo y tras acomodarnos en los asientos traseros de mi pequeño Ford rojo, empezamos nuestra particular lluvia de besos y caricias que desembarcarían en una preciosa tempestad de placer. Y es que aquel momento, tan irrepetible, tan esperado, tan insignificante y a la vez importante, tan perfecto; era nuestro momento, solamente nuestro. Los cristales del coche se empañaron a causa del cambio de temperatura existente dentro del automóvil recordándonos aquella escena de Titánic dónde Leonardo di Caprio y Kate Winslet se daban todo su amor dentro de un Rolls-Royce negro de los años 90 con los cristales visiblemente empañados.
Pensaba que la noche no podía acabar mejor cuándo me di cuenta de que, unas horas más tarde, la tenía tumbada en mi cama, durmiendo entre mis brazos y es que ahí supe que no dejaría que estuviera en ningún otro lugar que no fuera a mi lado. No había momento equiparable a otro, siempre que fuese con ella.
Ella y yo, yo y ella. En una de nuestras noches de verano.
Guillem Dolz
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