Que bello es darse cuenta de las cosas insignificantes. Y a la vez complicado.
Pero a veces, es necesario hacerlo para valorar más aún lo que tenemos a nuestro alrededor e intentar que perdure el máximo tiempo posible a nuestro lado.
La nieve fundiéndose poco a poco en las montañas, la aparición de flores dónde antes no había nada, el perfume de alguien impregnado en tu propia ropa, una sonrisa únicamente dirigida hacia tu persona, una mirada clavada en tus ojos en medio de la muchedumbre, una frase con doble sentido, la existencia de miles de estrellas presentes en la oscura noche o simplemente los sudores que produce tu cuerpo originados por un aumento del ritmo cardíaco cuándo cierta persona está dirigiéndose a ti.
Todos estos digamos, pequeños detalles, que ocurren a menudo en nuestra vida, son imperceptibles a los sentidos humanos. ¿Cómo ser capaces de asimilar, procesar y dar una respuesta a estos estímulos?
No somos voluntariamente capaces de conseguirlo.
En nuestra vida cotidiana, tan ajetreada, estresante y muchas veces exasperante, no tenemos ni tiempo ni voluntad suficiente para detenernos un momento y ver, sentir y disfrutar.
Es casi obligatorio, encontrar el ambiente, el lugar o en la mayoría de casos la persona, que nos haga frenar, que nos diga solamente con su presencia "Detente y observa todo lo que te rodea, que no se te pase nada". Sólo así podremos visualizar el mundo desde otra perspectiva; sólo así no veremos pasar de largo muchas cosas.
Porqué las grandes cosas carecen de importancia. Son en los pequeños detalles dónde encontramos la verdadera felicidad.
Guillem Dolz
Precioso, me encanta como escribes
ResponderEliminarImpresionante! Llegara lejos!!
ResponderEliminarMuy lindo
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